Knut Pani. La abstracción como el océano

Erik Castillo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La imagen de la identidad fluctuante, movediza y metamórfica del océano podría ser usada para fantasear con un modelo analítico de la historia de la representación abstracta (visual, sonora, audiovisual) en sus múltiples devenires. En el campo de la pintura, es decir, desde hace cien años, el modelo inspirado en la naturaleza salvaje de las aguas se justificaría para penetrar dicha historia de lo abstracto y los abstraccionismos, debido a la construcción sistemática o abierta de universos estéticos compuestos por moléculas, elementos, figuras, módulos, redes y pasajes ópticos en desplazamiento o inercia –sugeridos en lo virtual-  que han sido organizados por los pintores en regímenes plásticos que van de la proposición de estructuras métricas radicales (abstracción geométrica pura, diagramación postmoderna anti-capitalista) a la de espacios aleatorios liberados (abstracción orgánica, lírica o expresionista), pasando por poéticas intermedias que alternan el principio del orden exhaustivo con juegos que implican lo accidental o la exploración heurística, o sea, resultados pictóricos producto del hallazgo no dirigido metodológicamente. No es casual que la experiencia y conocimiento del paisaje marino hayan sido invocados por los espíritus delirantes y lúcidos, a modo de símil, en la construcción de un mapa tentativo del inconsciente (tanto en su definición freudiana de condicionante del destino psíquico como en una perspectiva más positiva o afirmativa, es decir, como lugar productivo para la expansión de la mente profunda).

La obra de Knut Pani moviliza estrategias abstractas en progreso estilístico orientadas a un culto por la producción de una pintura en la que triunfan las superficies erosionadas, marcadas, y  en la que subyace una suerte de narración elemental de los avatares de la materia y la forma, que podría interpretarse a la manera de un relato del origen y dinámica de constelaciones esenciales o mecanismos internos. Al despliegue matérico más fluido, el pintor añade en cada cuadro el diseño de grafismos y figuras recurrentes (por ejemplo, la figura de la canoa y la de la espiral), y, en muchos casos, fragmentos de escritura con aliento poético o filosófico. Además de trabajar con óleo, encáustica y medios mixtos sobre tela o papeles, Pani es autor de propuesta relevante en piezas donde su obsesión por el tratamiento ceremonial de la superficie se consuma en libros-objeto o libros de pintor. El sentido del poder que irradia la imagen seriada, la comprensión del concepto de la progresión estructural y la expresión del placer por lo rítmico se manifiestan plenamente en todas estas piezas, cruciales en el cuerpo de obra del artista si traemos a cuento el encanto que ha relatado en múltiples ocasiones que siente por la poesía escrita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pani ha incursionado también en la experimentación escultural y en la estampa. El cariz de su producción encontró la legitimación en el medio cultural con un discurso visual que dialoga –en parte- con la caligrafía oriental y con los usos caligráficos de la pintura tardomoderna occidental, sin afiliarse directa o voluntariamente a esas prácticas y tradiciones. Por lo demás, la trayectoria de Pani tampoco ha seguido el curso de las tendencias artísticas más visibles en la escena contemporánea del arte global y en México y, sin embargo, ha generado una estación de obra cuyo discurso arroja sentido y retroalimenta al medio del arte actual. En consecuencia, me parece que la atracción que ejerce y puede seguir ejerciendo el cuerpo de obra creado por este artista es una evidencia de que la revisión crítica y continua del activo artístico de una época y una escena cualquiera, representado por todos los artistas vivos y productivos en cada presente cultural, siempre es una experiencia más amplia –y necesaria desde las perspectivas críticas, curatoriales, académicas y mercantiles- que la de la sola recepción del arte más oficial,  del mainstream, de la zona emergente o de aquella producción que opera con lo más nuevo. La noción de activo artístico contiene de hecho a todos estos territorios, segmentos y categorías: es, en rigor, el verdadero concepto de arte contemporáneo.

En el núcleo de la concepción pictórica de Pani se nota una sensibilidad inclinada a la restitución de la levedad visual, al reencuentro con el establecimiento de un campo abstracto que rompe con la lógica gravitacional de las cosas. Al final, la impresión de ligereza que hereda la representación flotante de flujos figurales, en primer lugar, opera porque no se desconecta totalmente del efecto de atestiguar la inmaterialidad que inauguró la pintura abstracta monocromática de la segunda mitad del siglo pasado; y, en segundo lugar, se cumple en tanto se fundamenta en una de las grandes proposiciones de la abstracción históricamente: lo que vemos ocurre o está en una interfaz que no es transitiva al mundo fáctico, en otras palabras, no se puede saber –he ahí la maravilla- si los componentes de la imagen en el cuadro los observamos desde arriba, de frente, lateralmente o desde abajo: el orden abstracto sustenta la aparición y la posibilidad de su imaginario respetando la jerarquía de los planos o volúmenes simulados o propuestos y la identidad literal de las texturas de los objetos pintados y aplicados en la superficie, sin contribuir a la creencia de que el cuadro genera una dimensión que prolonga espacialmente la de la realidad desde donde ve el espectador.

Al comenzar el texto, hablé de que es posible descifrar o intuir una narrativa de los avatares de la materia y la forma en la producción de Pani. Esa lectura se refiere a que las fuerzas que parecen actuar en cada imagen proyectan acontecimientos en los que los elementos formados se acumulan, interconectan o desfasan articulando galaxias estructurales complejas que aparecen como instantáneas de entornos más bien inaprensibles, y configurando esquemas más “institucionales” que aparecen como fósiles protoiconográficos; la interpretación también tiene que ver con que las fuerzas puestas en marcha por la pintura de Pani, manifiestan estadios de la materia regidos por el oscuro telos de lo azaroso lo mismo que por una verdadera teleología del sentido, y que no dejan de influir a la mirada pues estimulan una contemplación duradera, vale decir, una expansión o retardo del tiempo de observación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Knut Pani invoca toda la energía de la espiral cuando la pinta aludiendo al esquema geométrico armado por  Hegel para analizar el devenir de la historia del Espíritu Absoluto. Ésta y otras piezas que trabajan con el mismo motivo, representan la parte del imaginario del artista que más podría caracterizarse –por el puro placer de perdernos en lo taxonómico, aclaro- bajo el término de formalismo instrumental: el culto por los diagramas produce figuraciones abstractas que se despliegan sistémicamente o que remiten a la materia organizada. Pero el artista se interna en otro orden creativo, mucho más poderoso quizá, en otras pinturas en las que, justamente, consigue enfrentarse con la majestuosa indeterminación de lo oceánico. Se trata, en los últimos cuadros a los que me he referido, de imágenes radiantes que deberían ser pretexto para olvidar lo visible del mundo circundante sin negar sus leyes más evidentes e irrevocables (destrucción, regeneración, proliferación, transcurso), y motivo para atesorarlas en el lugar de la memoria que alimenta nuestra pasión por todo el reino visible.